Amor entre hermanos

palestino-israelí

Pudiera parecer que el título de este escrito se refiere al amor entre hermanos de la misma familia de sangre pero en realidad se trata del amor entre hermanos espirituales: palestinos e israelíes.

Esta guerra fratricida es portadora de un mensaje para la humanidad que debemos tomar en cuenta si queremos seguir avanzando en la creación de la Nueva Tierra: la Jerusalén celestial del apocalipsis de San Juan.

La conquista de Jerusalén es el objetivo espiritual de cada ser humano encarnado en la Tierra; es el propósito divino que vinimos a cumplir y ese camino debe ser recorrido individualmente en los mundos internos. el enfrentamiento palestino-israelí por el dominio de Jerusalén es un reflejo externo de un proceso interno. Nos habla de la separación que seguimos alimentando dentro de la propia conciencia que no se acepta como parte de un Todo y crea enemigos afuera para justificar la conducta violenta, agresiva y destructiva de cada uno de nosotros.

Levantamos muros de la vergüenza con cada crítica, juicio y pensamiento dirigido contra cualquiera de nuestros hermanos y seguimos fomentando la guerra cada vez que tomamos partido por alguno de los bandos, alimentando a los que se nutren de la muerte y de las emociones que despiertan, emociones negativas de odio y dolor que envuelven de negra oscuridad la atmósfera de nuestro bello planeta azul.

Todo conflicto lleva en su interior el germen de la solución y en este caso como en todos los demás el amor es la respuesta. El Amor es lo que hay detrás de Todo en el Universo, de lo aparentemente bueno y de lo aparentemente malo y cada cual con su libre albedrío elige como manifestarlo. Todo está diseñado para despertar al ser humano y ahora más que nunca la guerra palestino-israelí es una llamada al despertar de las conciencias para derribar los muros que nos separan y convivir en paz y armonía en la nueva Jerusalén.

La paz no se crea en el campo de batalla sino en los corazones de cada uno. Conectar con la espiral de la violencia es descender al abismo de la oscuridad perpetuando el conflicto: conectar con la espiral del Amor es ascender por encima de la oscilación del péndulo asesino-víctima integrando ambas energías en la unidad del alma.

Todos somos víctimas y todos somos asesinos y la víctima se convierte en asesino cuando reclama venganza. El dolor es el mismo con diferente cara en cada una de las partes, el dolor por la pérdida de los hijos es igual al dolor que obliga a querer controlar todo por debilidad, miedo y falta de autocontrol. Con la matanza de tanto niños inocentes Herodes no consiguió acabar con la vida de Jesucristo y ahora tampoco.

Jerusalén espera a ser tomada no por la fuerza de las armas sino por la fuerza del Amor de los corazones unidos y libres del miedo a sentir la grandeza de lo que somos: hijos del mismo Padre-Madre que esperan nuestra llegada a las puertas de la ciudad santa de Jerusalén.

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